14 octubre, 2009

Vida de perro


Juan Andrés y yo somos amigos de toda la vida; es decir de lo que va hasta ahora. Desde la primaria estudiamos juntos. Cuando comenzamos la Universidad, ambos nos vimos a la capital para cursar él Ingeniería y yo Educación. Todo lo compartimos, somos unos verdaderos panas; alquilamos un apartamento entrambos. Además tenemos un trabajo al alimón: pasear perros. Así nos redondeamos alguito, porque la beca no alcanza…

Eso de pasear perros es muy divertido. A Juan no le gusta mucho, el preferiría pasear gatos. A mi me gusta y de paso me sirve para hacer ejercicio, me pagan bien –no se imaginan lo que hacen los dueños por sus mascotas- y me tratan con consideración, porque me entregan diariamente sus “tesoros”. Nuestra jauría está compuesta por: Sandokan, el terrier marrón y blanco, Nacho un chihuahua rojizo odioso y malhumorado, Kira la bella golden retriever de pelo dorado, Pastor tal como su nombre lo indica es pastor y encima alemán y Greta una joven y estilizada dálmata. Falta nombrar a Churchill, el bulldog que es todo un caballero: muy bien entrenado: educadísimo y amoroso. Es mi preferido; es el más viejo del grupo, por lo que en muchas ocasiones tengo que cargarlo cuando el resto de los bichos decide correr...

Uno con estos seres, algo aprende sobre los humanos. Greta es idéntica a su dueña, una estrafalaria y ricachona alemana. Además como Greta tiene abolengo –se la trajeron pequeñita de Hamburgo, con una pila de papeles que testifican que ella es ella- nunca sale sin un pañuelo terciado al cuello, o un collar de pepas y un sombrerito ridículo que su ama obliga a colocarle para que no le de mucho sol en la mollera. Por supuesto que Greta ya está esterilizada, no vaya a suceder que entre Nacho y Pastor acaben con su virginidad. En regla general todo se llevan bien entre ellos salvo cuando se incorporó Kira al grupo –yo ya creía que no podría con los que tengo- se armó tremendo “ataja perros” entre Nacho y Pastor; lo que viene a señalar que son los únicos de la partida que conservan aún sus partes pudendas en sano estado. Esfuerzo inútil, Kira también fue esterilizada, luego de parir una preciosa camada. Al chihuahua lo que tiene de pequeño le sobra de valentía; su dueño es un flaco neurasténico así que en eso del mal humor andan parejo. He debido hacer un horario muy especial, para que cuando vamos al parque no toparnos con otra tropa de paseadores que andan en las mismas. Nuevamente Pastor y Nacho –los rebeldes del grupo- se detienen a olisquear y parar la pata y marcar su territorio y emitir alguno que otro gruñido, para defender de intrusos a las damas del grupo.

Juan Andrés, todavía intenta eso de incorporar un gato al grupo. Probablemente el honor recaiga sobre el siamés de la vecina. Yo no deseo estar por todo eso cuando se de el caso, si es que se da…




Caracas, agosto 2009

01 octubre, 2009


La dote de perlas

Que emoción más grande: ¡ir viendo nacer un nuevo mundo, lo mismo que nace la mañana cuando sale tras los montes! Germán Arciniegas (Biografía del Caribe, 1993)

Yo nací con el nuevo mundo; aquí vinieron a parar mis padres –malageños de nacimiento- con las primeras naves españolas que se adentraron en estos parajes inhóspitos. Mis progenitores, en busca de mejores oportunidades y gracias a la necesidad de poblar los nuevos asentamientos de la corona, recalaron en esta rica provincia -que lo nativos llaman Cubagüa- poblada de indios güaiqueríes, negros esclavos y unos cuantos españoles aventureros y sus descendientes, a la que su graciosa majestad Doña Juana puso por nombre Nueva Cádiz de Cubagüa. Yo me llamo María del Socorro, en honor a mi abuela paterna que hubo de quedar en el continente y ésta es mi historia...

Como ya estuvo dicho nací en Nueva Cádiz; una villa que fue creciendo –gracias a su próspera economía- hasta convertirse en una modesta ciudad colonial con casas de calicanto, tejas y piedra; la casa del Alcalde Mayor, la iglesia y una plaza que también sirve de mercado. Fui la segunda de cuatro hermanos: tres varones y yo la última de la prole. Nuestra vida oscilaba entre la tranquilidad y la zozobra cuando la isla era asolada por bucaneros franceses, o por las razzias de los caribes...Del resto –al llegar la calma- junto a mi madre nos ocupábamos de las labores del hogar: ir a misa, al mercado y alguna que otra vez frecuentar las otras pocas familias españolas aquí establecidas. Mi padre, convencido de que debía defender mi integridad física me enseñó a utilizar el arcabuz –con el cual podía a duras penas- contra cualquier francés que me topara. Empero, mi salida más aventurada era ir sola hasta la plaza del mercado cuando llegaban los cargamentos de mercadería; incluidos los esclavos. Para mi era una fiesta ver los enorme galeones que descargaban perfumadas frutas, carnes saladas –lo único fresco era el pescado de nuestro mar- barricas de aceitunas, brocados, variados enseres y los negros y negras semidesnudos con sus cadenas. La vida venía de fuera; para todo se dependía de la Real Audiencia de Santo Domingo; aquí sólo había perlas, perlas y más perlas, para explotar y mandar a España. La ciudad crecía y fue preciso amurallarla, para evitar los ataques de piratas. Cada vez venía más gente atraída por el negocio de las thenocas y el tráfico de esclavos. Era tanta la extracción de madreperlas que cuando soplaba la brisa marina, llegaba a la ciudad -desde el otro lado de la isla- la pestilencia de las ostras que luego de escogidas, se desechaban apiladas en grandes montañas de conchas que se descomponían al sol. Con éste comercio, mi padre pronto se enriqueció y llegamos a formar parte de una de las familias con mejor posición. Aquí es donde entra a participar en mi vida una mujer que supliría –con el correr de los años- la falta de mi madre. A causa de que ella -debido a su precario estado de salud- necesitó de más ayuda para el mantenimiento del hogar, convencimos a mi padre para adquirir una esclava. Así compramos en el mercado una joven de la etnia zulú, nacida esclava en la Martinica. Fue en una fecha cercana a la navidad de 1538 o 39 –no recuerdo bien- por lo que mi devota madre la hizo bautizar con el nombre de Natividad. Fue así como llegó para quedarse en nuestra casa; se le habilitó un cuartucho en el solar, a diferenta de los esclavos aherrojados que dormían en un barracón aparte, lejos de la casa principal.

No sabría decir que edad tenía Natividad cuando llegó a nuestras vidas; por su porte y dentadura completa se deducía que era joven y sana, aunque mayor que yo. La acción de “civilizar” a Natividad a las usanzas españolas no fue fácil y me tomó años. Comenzamos por tratar de cubrir sus desnudeces; si vestir se entiende por un sayo de mezclilla atado con un cordón en la cintura y sin ningún tipo de calzado. Mis nociones de escritura y lectura eran rudimentarias y mi madre era totalmente analfabeta. Al devenir los años Natividad aprendió el castellano a los trompicones, a cocinar nuestros condumios y asimilar –a regañadientes y sin que por ello dejara de practicar sus rituales paganos- nuestra religión. Madre falleció de penosa enfermedad debido a una fiebre tropical –la verdad es que su organismo nunca se adaptó a este clima- y la esclava se nos hizo cada vez más indispensable. A estas alturas, la sumisa ya vivía dentro de la casa, vestía los trapos heredados de mi madre y usaba calzado; además aprendió a usar la cuchara de palo y comíamos juntas en la misma mesa. Todo lo compartíamos –éramos inseparables- ya que siempre permanecíamos solas encerradas en el caserón. Debo confesar que también yo aprendí de Natividad. Me enseñó como mezclar las hierbas del pequeño huerto que teníamos en el corral, para hacer emplastos medicinales y a hacer la torta de casabe de los indios. Mi hermano el mayor, cuando alcanzó los veinticuatro años se casó con una española que habitaba en la isla de Margarita y allá se fue a vivir del tráfico de esclavos. Mi padre se vio muy contrariado por esta decisión que le trastocaba los planes de la heredad y su salud se afectó considerablemente. Prácticamente la huida de mi hermano mayor, puso a mi padre en ascuas por lo que podría suceder conmigo, pensando quizá que mis hermanos menores seguirían el mal ejemplo del primogénito y me dejarían desamparada en cualquier momento. Me llamó aparte y me entregó un pequeño arcón lleno hermosísimas perlas, con un oriente como jamás había visto, diciendo: Esto es para tu dote. No te deshagas de ellas hasta que llegue el momento. Cuando él murió aún no se había resuelto lo de mi casorio y eso que ya estaba en edad de merecer, pero las previsiones ya estaban tomadas. Mis otros dos hermanos continuaron con la explotación de perlas y yo con mi rutinaria vida al lado de Natividad.

Al sobrevenir el agotamiento de los ostrales de Cubagüa, la poca gente que para ese entonces allí vivía comenzó el éxodo hacia la cercana isla de Margarita. Mis hermanos tomaron la sabia decisión –antes de terminar en la ruina- de mudarnos también. Entonces una mañana partimos con nuestros bártulos en una barcaza a reunirnos con el primogénito de la casa. Digo que fue una sabia decisión porque meses después de estar instalados en Margarita, un terrible maremoto asoló Nueva Cádiz y nos llegaron noticias que no quedó alma viviente ni construcción en pié. Si mal no recuerdo fue en el año de 1542 ¡La naturaleza remató lo que habíamos hecho los humanos! Ya para ese momento, mis hermanos establecieron tienda aparte; Natividad y yo fuimos a vivir con ellos. Con el correr del tiempo, entraron en negociaciones de importación de mercadería provenientes de las islas del Caribe, principalmente de la Guadalupe. Fue así como conocí a Hugo Delvall, en una cena que preparamos Natividad y yo para el socio de mis hermanos.

Delvall es como yo hijo del nuevo mundo. Nacido y criado en la Guadalupe, hijo de un explorador francés –que anteriormente había pasado por Brasil- que desapareció tal como había aparecido y de madre criolla. Solterón, de mediana edad, letrado y comerciante. Con su barco de medio calado saltaba de aquí para allá por todas las islas del caribe, comprando y vendiendo cuanta cosa pueda ser comprada y vendida. El mitad francés –otrora nuestro enemigo- se introdujo en la familia y más de una vez fue invitado a tomar infusiones, con la anuencia de mis hermanos que veían en él la realización de mi ansiado casorio. Pensarlo y realizarlo fue uno solo. La dote la aporté yo con mis perlas y desposé a Monsieur Delvall quien me doblaba la edad. El gesto de pagar mi dote, me dio cierta prevalencia a la consideración de mi marido. Me mudé a la Guadalupe y por supuesto llevé a Natividad conmigo. Mi esposo un hombre gentil y próspero, me instaló cómodamente en la enorme casa de su fundo en las afueras de la ciudad. Allí tenía muchos esclavos y hectáreas y hectáreas de un novedoso cultivo, oriundo de Africa y bien ambientado en nuestros trópicos: caña de azúcar para producir melaza.

De casada mi vida cambió radicalmente, en el sentido de que ya no tuve que pasar privaciones. Mi esposo puso a mis disposición un séquito de servidumbre y comodidades que nunca pensé tener. Dada la consideración que me dispensaba, me permitió aprender a leer y escribir correctamente el castellano y luego pude enseñar a nuestros hijos las primeras letras. En ese entonces, Natividad se ocupó única y exclusivamente en ayudar a la crianza de los niños; eran suyos por la devoción que le dedicaba. Así fueron llegando tres niñas y un niño para beneplácito de la familia. Ella creía que no era fértil, pues me contó una vez que a pesar de haber sido varias veces abusada por sus anteriores amos, nunca dio frutos. Pasados los años mi hermano mayor –que acrecentó su haber- volvió a España. Los otros dos, se casaron con criollas y permanecieron en la isla de Margarita. Delvall ya no navega; él provee la melaza y mis hermanos la distribuyen en el Caribe o la mandan a España.

Estos son mis recuerdos de Nueva Cádiz y sus perlas. Nuca intentamos ir a Europa. Nada añorábamos de allá. Devall, Natividad, los cuatro hijos que tuve y yo, somos de este mundo: nuestra es la exhuberancia de la naturaleza, el mar, las palmeras, las montañas y sus colores, la variada comida y sus múltiples sabores, la sangre mezclada… ¡En el viejo mundo no hay nada que descubrir! Cuando Natividad ya anciana me abandonó, la lloré más que a mi propia madre y la hice enterrar en los predios de la hacienda bajo una mata de coco…. Eran los albores del nuevo siglo y el mundo se ensanchaba…


Caracas, octubre 2009

13 agosto, 2009

La vida es ansí XXII




El Intruso

Gato no tiene nombre, a parte de su nombre genérico, o si lo tiene yo lo desconozco. Lo contemplo desde el balcón de mi apartamento todas la mañanas; está en el estacionamiento, o sobre las murallas divisorias de los edificios, acostado al calor del sol. Dueño y señor del patio. Es un gato adulto: gris, con rayas negras, ojos verdes y marcas en el cuerpo de algunas batallas, que seguramente tuvo que librar para conseguir una compañera. En el edificio, el invasor es bienvenido o al menos no se le maltrata ni espanta. Algún vecino benefactor le da comida y agua. Cuando salgo a comprar el periódico y me topo con gato, lo acaricio y él responde al mimo. Religiosamente se ausenta en las tardes para regresar al día siguiente. Me pregunto dónde pasa la noche, pues generalmente al atardecer desaparece…

¿Dónde va gato todas las noches? Intrigado me decido a seguirlo. Al final de la cuadra de edificios hay una enorme casa; allí entra gato. La mansión está custodiada por dos grandes mastines negros. Estos intimidantes canes son sacados a pasear cuando ya baja el sol -un poco más de las seis de la tarde- por un caballero ya entrado en años. El par de perros con su correaje aparentan estar amaestrados debidamente –o al menos reprimen su supuesta agresividad- y caminan al lado de su amo, sin prisa: olisqueando aquí, levantando la pata allá. Hay un cuarto miembro en este plácido paseo. Un personaje que seguramente se invitó solo y es aceptado con la complicidad de los paseantes: gato. A prudente distancia disfruta de las vespertinas caminatas. De vuelta a casa, los mastines ya sueltos merodean el lugar y gato con habilidad, trepa la muralla y en alguna parte del jardín casero pernocta, para reponerse de sus andadas.
Nuestra "amistad” duró por años. Hace mucho que no lo he vuelto a ver, ni por el edificio ni paseando con sus amigos. Lo extraño. Dicen que los perros van al cielo. Los gatos también: por algo eran momificados como los faraones. Asumo que gato se mudó allí, sin solicitar anuencia claro está, como era su costumbre…

(Esta es otra de esas maravillosas historias reales e increíbles que me llegó por un amigo)
Foto: Jesús Alberto Yokerman: alias Chucho, en los tejados de Vancouver .

Caracas, agost. 2009

03 agosto, 2009

Rivalidrag

El travesti patea la nocturna calle, de arriba abajo. De pronto sonó el disparo que la dejó tendida...
¿Dime ahora quién es la reina del drag queens?


Caracas, agosto 2009

24 julio, 2009

Naufragio


A esta playa llega cantidad de cosas. Entre los guijarros, no sólo se encuentran desperdicios de los veraneantes ; hasta botellas con mensajes náufragos hay. En ocasiones ella contestó una que otra de esas misivas traídas por las olas...

Esa mañana -tempranito- el mar arrojó algo diferente. En la playa había un cuerpo de hombre, muy lastimado pero aún con vida. A duras penas lo arrastró hasta un cobertizo cercano -de esos que improvisan los pescadores con hojas de palma- y le aplicó los primeros auxilios. A los dos días logró que bebiera y comiera. A la semana ya estaba bastante restablecido.
Pudo hablar: le contó que venía de muy lejos. Que se hizo a la mar en un barquichuelo, atendiendo un mensaje encontrado en una botella...



Caracas, 2003
Ilustración tomada de la web.

24 junio, 2009

La vida es ansí XXI


Los joyeles

Doña Engracia -para sus allegados Gracia- tenía quien le siguiera la corriente, o al menos de eso nos enteramos después. Era una dama estrafalaria que dada su avanzada edad y la imposibilidad de convivir entre sus familiares -por múltiples razones que ahora no vienen al caso- fue recluida a regañadientes en una casa hogar: cómoda, acogedora y muy bien atendida por personal especializado.

Doña Engracia por su carácter o quizá también por su despiste –es consabido que a tan avanzada edad el riego no funciona- parecía ser de fácil devenir entre sus pares. Desde el principio -quizá para llevar la contraria a las espectativas de los causantes de su reclusión- se adaptó muy bien a los horarios, las comidas y la rutina diaria. Especialmente se emperifollaba para la hora del té. Todo parecía marchar sobre ruedas, hasta que una serie de desapariciones dieron inicio al descontento y las quejas por parte de las otras inquilinas de la casa hogar. Se extraviaron mis zarcillos de perlas, dijo Doña Luisa, mi collar de corales no aparece, dijo Doña Esther, mi sortija de esmeraldas de ha perdido, dijo Doña Anita y así las protestas surgían por doquier. La única que callo fue Doña Engracia, lo que finalmente levantó sospechas dado que antes de su llegada nada de estas irregularidades ocurrían. ¡Más cómo dudar de la integridad de semejante dama !

La requisa de las pertenencias nunca fue realizada porque Doña Engracia murió en el ínterin. Todo se descubrió el día del velatorio. La prima de Doña Gracia -otra dama entrada en años- hizo los preparativos correspondientes. Doña Engracia (QEPD), fue velada con el ataúd destapado muy vestida y compuesta, casi entronizada, como fue su voluntad -para no perderse lo que estaba sucediendo en su último momento- y entre sus ya agarrotados brazos tenía una cartera abierta –cual cornucopia- llena de joyas… ¡Horror! fue el murmullo general. La prima de Doña Gracia con todo su inveterado desparpajo dijo: si no le pertenecían ahora le pertenecen y con ellas será enterrada…


Que no quede duda de la veracidad de esta historia..! Los hechos son reales, sólo se cambiaron los nombres...
Ilustración: tomada de la Web.

Caracas, junio 2009

29 mayo, 2009

Desquite

Fue con ella que comenzó a ver el mundo de diferente manera. A captar sus luces y sus sombras; sus movimientos, los instantes que valían la pena recordar. Por su memoria pasaron todos los momentos ligados a ella. ¿Por qué no ?, se dijo.

Allí la encontró en el último rincón del viejo baúl, cuidadosamente envuelta, tal como la había dejado años atrás. Amorosamente la desenvolvió, la escudriñó a conciencia para comprobar que todo funcionaba y finalmente se la llevó al estudio. Saldría con ella para rescatarla del olvido y volver a comenzar de nuevo. Habían pasado muchos buenos momentos juntos; logrado la fama y recibido premiaciones. Precisamente a causa del renombre, optó por experimentar, adquirir otros artefactos y relegar la vieja cámara al baúl….

El día estaba radiante, así que se enfilaron camino al parque. Los colores del otoño desplegaban una gama del ocre al violeta. Que de cosas presentes: árboles, pájaros, la gente paseando sus perros, aquella chica que mete sus pies en el agua de la fuente, la viejita que da de comer a las palomas, el anciano leyendo el periódico en aquel banco. ¡Cuantos contrastes de vida! La tomó en sus manos, la colocó en la posición adecuada, el dedo en el obturador comenzó a disparar: triuu, clic, triuu, clic… ¡Funcionaban acoplados a la perfección!

Al regreso a casa –impaciente- fue directo al cuarto oscuro. Varias horas le tomó la operación. Finalmente después del secado logró ver las primeras imágenes. ¡Qué era aquello! ¿Acaso un descuartizamiento? La chica de la pileta con una sola pierna, los perros sin cabeza, las palomas desplumadas, el señor que leía, sin periódico en sus manos. ¡Se había esfumado su paciente trabajo! Todo sin colorido ni contrastes. Estaba seguro de haber utilizado los parámetros correctos para obtener el más nítido resultado: el film, el lente, la velocidad, el encuadre, todo. ¡No era un novato en estos menesteres! Su ojo no lo engañaba tan fácilmente. ¿Qué sucedió aquí ? ¿Acaso este artefacto tiene vida propia ? ¡La puta cámara me la está jugando!



Caracas, noviembre 2008

03 mayo, 2009

La vida es ansí XX
Consejos

Margarita fue una joven de amores contrariados, lo que sirvió para anidar en su corazón una pasión tormentosa. ¡Ni se te ocurra fugarte con ese; ni se te ocurra acostarte con ese; ni se te ocurra parirle un hijo a ese..! Y precisamente como suele suceder, Margarita contraviniendo todas las consejas familiares se fugó con él, se acostó con él y le parió una hija.

Gracias a que mi mamá no escuchó consejos, puedo contar esta historia...


Caracas, diciembre 2008

04 abril, 2009

Una crónica viajera


Partager Paris

Siempre es grato volver a París. Para decir lo consabido y cierto: una de las más bellas ciudades del mundo ¡Malgré les francaises! Máxime si se está en buena compañía, como lo hice esta vez, con Sofía Isabel. Varias veces desée hacer este periplo con ella, hasta que finalmente lo logramos...

La susodicha- es decir Sofía , mi nieta- próximamente cumplirá 16 años y entre sus inquietudes estaba conocer esta ciudad, sus museos -ver la vedette de Le Louvre, la Monna Lisa- y de paso aprovechar para escaparnos a Disney Paris; así que el paseo fue a manera de un regalo de cumpleaños de abuela a única nieta... Su adorable compañia fue muy útil. Sofía lee planos estupendamente y tiene un gran sentido de orientación. Se adueñó del Metro como una verdadera parisina; así me libré de extravíos (yo que viví hace años en esa ciudad) También cumplimos nuestra hazaña: subimos la Tour Eiffel por las escaleras ¡Comme il faut!

Como dicen por allá en Málaga ¡Lo pasamos pipa! Sofía tomó unas fotos bastante buenas, a pesar de lo nublado del día. Allí les dejo una muestra...

Paris, abril 2008

27 marzo, 2009

Aquelarre
(a Nereida)

Tengo una amiga que le dio por cambiarse el nombre. Ahora se llama Gertrudis. Traté de hacerla desistir, decirle que me parecía nombre de bruja, pero no pude… ¡Agarró su escoba y salió volando!
Caracas, 2002
Ilustracion: de la propia Gertrudis